Cuando mi día a día funciona en modo “burocrático”

Hay días en los que siento que mi vida funciona exactamente igual que un centro educativo burocrático. Todo está marcado por horarios, normas, fechas límite y papeles invisibles que hay que cumplir sí o sí. La universidad, el trabajo, las prácticas, los correos que hay que contestar “correctamente”, los trámites, las rúbricas… A veces no importa tanto quién eres, sino el rol que ocupas. 

Y ahí es donde, sin darme cuenta, aparece Max Weber sentado a mi lado. 

El modelo burocrático no es malo en sí. De hecho, lo entiendo cada vez más. Gracias a él todo tiene un orden, una estructura, un marco que evita el caos. Si ni existieran reglas claras, probablemente muchos centros educativos (y muchas vidas) serían un desastre. Pero cuando ese modelo lo ocupa todo, cuando no deja espacio a la persona, empieza a pesar. 
Lo noto especialmente cuando tengo que adaptarme a decisiones que no he elegido, pero que viene “de arriba”. Normativas que no tienen en cuenta el contexto, instrucciones que no contemplan situaciones reales, decisiones impersonales que afectan directamente a personas concretas. Ahí entiendo perfectamente el dilema del director del que hablamos en clase: ¿cumple la ley o hago lo que realmente necesita la gente?

En mi día a día, ese dilema se traduce en preguntas más pequeñas pero igual de reales: ¿hago esto porque es lo correcto para mí o porque “es lo que toca”?, ¿estoy aprendiendo o simplemente cumpliendo?. 

He aprendido que la burocracia es necesaria, pero no puede ser el corazón de una organización… ni de una vida. Necesitamos normas, sí. Pero también necesitamos humanidad. Y cuando eso se pierde, el sistema sigue funcionando, pero las personas se apagan un poco por dentro. 










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